Ensayo

Introducción

En el siglo XVI nació un género literario cuya finalidad tendía a oponerse a las corrientes dogmáticas y a las minuciosas exposiciones analíticas de los problemas filosóficos, históricos, etc. La denominación que se le asignó, ensayo, llevaba implícitas las nociones de tentativa y experimento, en cuanto su objetivo radicaba en la puesta a prueba del entendimiento.

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Se denomina ensayo a toda pieza literaria que aborda una determinada cuestión —relacionada con argumentos de toda índole— con la intención de exponerla desde un punto de vista didáctico, aunque sin carácter exhaustivo ni sistemático.

Portada de la primera edición de los Essais de Michel de Montaigne. Edición de París de 1595.

Introducción

En el siglo XVI nació un género literario cuya finalidad tendía a oponerse a las corrientes dogmáticas y a las minuciosas exposiciones analíticas de los problemas filosóficos, históricos, etc. La denominación que se le asignó, ensayo, llevaba implícitas las nociones de tentativa y experimento, en cuanto su objetivo radicaba en la puesta a prueba del entendimiento.

Conceptos generales

El denominador común de todos los escritos que se encuadran en el género ensayístico es el afán de ejercitar de forma constante la reflexión, en cualquier ámbito argumental.

Aunque el inventario de temas es casi ilimitado -«todo argumento me es igualmente fértil», escribía Michel de Montaigne-, los ensayos se inspiran en un sentimiento análogo y adoptan principios estructurales y estilísticos dotados, en general, de aspectos afines. Modernamente, los matices y las posibilidades de crítica, análisis y demostración de tesis que el género ofrece han dotado al ensayo de un amplio campo de desarrollo.

El ensayo, en fin, conlleva un discurso propiamente humano, ajeno a toda sistematización, e identificado con la inteligencia, en el sentido más puro de la palabra. La esencia de este género la constituyen las reflexiones dispersas a lo largo del texto, que no persiguen un progreso moral o intelectual, sino la búsqueda de la propia personalidad, no siempre desprovista de errores y contradicciones aceptados de antemano.

Concepto de ensayo

El tecnicismo literario «ensayo» proviene de la palabra francesa essai, título que da Michel de Montaigne a sus personalísimas obras, en las que vuelca, con sinceridad y espontaneidad, lo más peculiar de su espíritu, y de su visión del mundo y de las cosas. Este carácter profundamente individual ha quedado para siempre como nota esencial del ensayo, por lo que resulta difícil dar su definición exacta, ya que se trata de un género indivisiblemente ligado al peculiar modo de ser del escritor.

De todas maneras, hay unas notas características que definen con aceptable aproximación este género literario. Edmund Gosse (1849-1928) exigía, por ejemplo, una extensión moderada y un enfoque subjetivo y sin pretensiones rigurosamente científicas como dotes imprescindibles del ensayo. Para José Ortega y Gasset (Meditaciones del Quijote), el ensayo sería «la ciencia, menos la prueba explícita», definición que discrepa de la de Gosse en cuanto que exige una objetividad estrictamente científica. Algunos tratadistas exigen también la calidad estética en todo ensayo estrictamente literario.

Resumiendo las opiniones más autorizadas, se podría definir el ensayo como un escrito en que se tratan asuntos de interés, con moderada extensión, sin intentar agotar el tema ni presentar exhaustivamente todas las pruebas y fuentes que sustentan las opiniones expuestas. Un enfoque original, la agudeza y penetración intuitiva en los diversos temas y la amenidad, son notas que convienen también a la perfección del ensayo como género literario. En cuanto a los temas que puede abarcar, éstos son potencialmente infinitos, aunque tradicionalmente los ensayistas se hayan fijado sobre todo en cuatro géneros fundamentales: el ideológico y filosófico, el histórico y artístico, el literario, y el circunstancial o periodístico.

Características

Ya hemos señalado cómo el ensayo es profundamente individual, y, por lo mismo, de formas concretas muy personales y variables. Por eso ha podido decirse que, más que ensayos, existen ensayistas. Más que de un género literario estricto se trata de una manera de escribir, de un talante expresivo. Sin embargo, con tal de tener en cuenta esta amplitud del género ensayístico, pueden fijarse unas cuantas características que aparecen con frecuencia en el ensayo y que le dan su perfil individual y distintivo. De acuerdo con ello, es frecuente señalar como característica radical del ensayo la subjetividad, el ser exposición de opiniones estrictamente personales y en un modo absolutamente peculiar. Lo dice José Ortega y Gasset magistralmente en el notable retablo de ensayos que es El Espectador: «En estas páginas, ideas, teorías y comentarios se presentan con el carácter de peripecias y aventuras personales del autor».

Este subjetivismo que hace brotar el ensayo al hilo de las reflexiones espontáneas del escritor, le confiere, a su vez, otra característica, importante, que se podría llamar asistematismo; es ese peculiarísimo modo de expresividad que Baltasar Gracián llamaba «discurrir a lo libre», y que resulta tan del gusto del escritor español. No hay, pues, en el ensayo una estructura cerrada, sino que va discurriendo en meandros, digresivamente, no dejándose atar por el tema a ningún plan rigurosamente preconcebido, sino lanzándose, por el contrario, hacia una serie de variaciones que muchas veces son simplemente intuidas y apuntadas como de paso. El ensayo busca irrenunciablemente interesar. Es como un diálogo entre escritor y lector, y no hay diálogo sin el interés de los dialogantes. De aquí que el ensayista intente un enfoque del tema pleno de actualidad y de conexión con la circunstancia concreta del momento, buscando articular su tema dentro de los campos de interés de su tiempo y de su público. Este interés será tanto más tenso y activo cuanto más sencillamente artístico y expresivo sea el ensayo, por lo que la calidad literaria del ensayo ideal supondrá la diafanidad, sugestividad, actualidad, dinamismo y capacidad de mantener la atención. Los tratadistas ingleses exigen, además, sociabilidad, agilidad, familiaridad y perspectiva.

La misión cultural del ensayo

El ensayo es un despertador espiritual, un revulsivo que levanta inquietudes y suscita problemas. No es su misión esencial dar soluciones, sino abrir horizontes y señalar caminos. El ensayista brinda perspectivas inéditas, posibles vertientes para ver las cosas a una nueva luz. El lector habrá de reflexionar por sí mismo, y aceptar o rechazar lo que se le propone. En este sentido, el ensayo es, sobre todo, un palenque de opiniones, no un índice de dogmas. No es, pues, la finalidad demostrativa, propia de la ciencia, la peculiar del ensayo, sino la excitación de reflexiones.

El ensayo pide una colaboración ideológica entre autor y lector, una especie de choque de ideas. Por tanto, el ensayista no agota el tema tratado, ni debe proponerse siquiera este objetivo, pues ha de dejar al lector una parcela intacta que él, a su vez, complete y explore guiado por la luz que le proporciona la lectura. En el fondo, el ensayo suele tan sólo esbozar el tema, destacar su perfil y alumbrar sus relieves esenciales, interpretados personalmente por el ensayista y entregados, en instancia definitiva, al juicio activo del lector. Por eso tiene el ensayo una insustituible utilidad en la ciencia para formular hipótesis que todavía no están definitivamente demostradas, para orientar la atención de los estudiosos en determinadas direcciones, para estudiar cuestiones tangenciales o menos importantes, dentro del espacio delimitado por el tema que se trate.

En una palabra, en el ensayo tiene el pensador un dilatado horizonte, donde proyectar, sin comprometer su prestigio ni sus propias convicciones, hipótesis de trabajo y conclusiones aún no maduradas. Y a su través, invita al lector a colaborar libre y espontáneamente con él en la búsqueda de la verdad definitiva.

El estilo ensayístico

Todo lo que hasta ahora se ha dicho hace que el ensayo quede sellado con unas inconfundibles características de estilo, que le dan su aire y su personalidad. Y, ante todo, ese sesgo conversacional que adopta la prosa ensayística, llena de sencillez y de espontaneidad, lo que no impide el que, ocasionalmente, se yerga llena de empaque, si esto ha de servir como toque o aviso que alerte la atención del lector.

Y como se trata de reflejar la incidencia de un espíritu en un determinado tema, el estilo del ensayo aparecerá dócilmente plegado a las condiciones personales de su autor, lleno de los matices de su individualidad, abandonando por definición el sometimiento a normas exteriores y retóricas, ajenas a la personalidad del ensayista.

No es un estilo cerrado, sino abierto e incitante el que predomina en el ensayo; pero esta generosa apertura no excluye, sino que intensifica, lo personal del escritor, cuyo modo de ser y de pensar se trasluce en su estilo, como los nervios y venas a través de un guante fino y bien ajustado. En definitiva, el estilo del ensayo no es afectado ni solemne, sino familiar y ágil. Vivacidad, naturalidad, fuerza expresiva y amenidad son las características más notables de su estilo.

Génesis y evolución

La indiscutible paternidad del ensayo se debe a Michel de Montaigne, escritor francés de finales del siglo XVI que, al adoptar la denominación de ensayo para su libro de observaciones morales, puso énfasis en el hecho de que cultivando el género se trataba de expresar pensamientos y experiencias personales. Sus propios Essais (1588; ensayos) constituyen, además de la primera manifestación ensayística, una tentativa de ofrecer al anónimo lector un punto de vista alejado de las disertaciones eruditas.

Fue Francis Bacon el primer gran ensayista inglés, quien empleó el término por primera vez para designar el género literario, con evocación de las obras de Montaigne, pero recordando la tradición epistolar latina, que le hizo comenzar sus Essayes (1612; Ensayos) con la afirmación: «La palabra ensayo es reciente, pero la materia es antigua». Francis Bacon, barón de Verulam, abundó en el carácter desenvuelto y ajeno a la ceremonia del estilo ensayístico, aunque el suyo se caracterizó por el tono austero y el tratamiento de cuestiones filosóficas de gran complejidad.

En la literatura de cada país se conformaron las más significativas características del género ensayístico. Así, en algunos casos se recurrió al uso frecuente de aforismos y referencias a otros autores; en otros se optó por la viveza o la brillantez del estilo como un medio de expresión literaria y, en una tercera variante, se recurrió a la complementación de las aseveraciones personales con los testimonios de otros ensayistas y eruditos.

En tal multiforme contexto se encuadraron las creaciones ensayísticas de los escritores ingleses y franceses que consolidaron el género. Entre ellos cabe citar a los británicos Charles Lamb, Thomas de Quincey o el filósofo John Locke, cuyo Essay Concerning Human Understanding (1690; Ensayo sobre el entendimiento humano) constituyó una notable manifestación del género. Es asimismo destacable el Essai sur les moeurs (1756; Ensayo sobre las costumbres) del francés Voltaire.

Ya en los siglos XIX y XX el ensayo se instauró como género literario profusamente cultivado en todas las literaturas. En el ámbito de la lengua española destacaron a este respecto múltiples personalidades, entre las que cabe citar a los españoles Miguel de Unamuno, autor de Del sentimiento trágico de la vida (1913), José Ortega y Gasset -Meditaciones del Quijote (1914), España invertebrada (1922)-, Américo Castro -El pensamiento de Cervantes (1925)-, el uruguayo José Enrique Rodó, -Ariel (1900)-, el mexicano Octavio Paz -El arco y la lira (1956)-, o el argentino Ernesto Sábato, autor de Uno y el Universo (1945).

Principales ensayistas españoles

Ya se ha dicho que es Michel de Montaigne el creador del término «ensayo», y el que otorga a este género literario sus características iniciales. Su influencia en el ensayismo hispánico es, sin duda, mucho más antigua de lo que se sospechaba, como lo demuestra la versión inédita de los Essais hecha por el excarmelita Diego de Cisneros hacia 1635, y que tan leída fue en el Siglo de Oro español. También el ensayismo inglés ha sido muy tenido en cuenta por los escritores españoles, que se han dejado influir, sobre todo, por las obras de lord Francis Bacon, Joseph Addison y G. K. Chesterton.

El ensayo ha arraigado, por lo demás, con singular éxito, en España, a la que se ha llamado su «segunda patria», quizá por las afinidades existentes entre el temperamento español y las características de este género literario. Ya desde el s. XV se ha podido rastrear a algunos cultivadores «avant la lettre» del ensayo, tales como el obispo de Burgos, Alonso de Cartagena (h. 1386-1456) o el paladín del valor individual frente a la nobleza de sangre Hernando del Pulgar. En el s. XVI ofrecen características afines al ensayo ciertas obras de fray Antonio de Guevara y de santa Teresa de Jesús. Lo mismo puede decirse, ya en el s. XVII, de Francisco de Quevedo, en quien es innegable el influjo directo de Michel de Montaigne.

Pero es a partir del s. XVIII cuando puede empezar a hablarse en un sentido más estricto de verdaderos ensayistas, tales como Benito Jerónimo Feijoo, José Cadalso y Gaspar Melchor de Jovellanos, hasta llegar al s. XIX. cuando el ensayo se convierte en uno de los géneros más cultivados, y con más influencia en la sociedad española. La política, la filosofía, la crítica literaria, la historia, los adelantos científicos y las opiniones religiosas son ofrecidas a la consideración de un público amplio y heterogéneo por ensayistas de la talla de Mariano José de Larra, Ángel Ganivet, Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, Azorín, Eugenio d'Ors y tantos otros, con la figura de José Ortega y Gasset como ensayista magistral y señero. Hoy día, este tipo de literatura, extendido por todo el mundo, constituye uno de los medios más interesantes, artísticos y normales en el ámbito universal de la cultura.

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