Judíos

Historia

Pueblo elegido por Yahvé y protagonista principal de los textos bíblicos, los judíos, israelitas o hebreos, fieles siempre a su religión y a sus costumbres, acabaron dispersándose por todo el mundo y sufrieron continuas matanzas y persecuciones hasta que, a mediados del siglo XX, lograron constituir un estado, en Palestina, lo que provocó un grave y prolongado conflicto con los árabes de la región.

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Judíos ortodoxos en el barrio viejo de Jerusalén (Israek), fotografía tomada el 22 de mayo de 2007.

(Del latín Iudaeus.) En alemán, jüdisch; en francés, juif; en inglés, jew; en italiano, giudeo. adj. Israelita, hebreo. 2. Perteneciente o relativo a los que profesan la ley de Moisés. 3. Natural de Judea. 4. n. Etnol. Pueblo semita originario de Palestina, cuyo nombre procede de la tribu de Judá. De base racial suroriental y armenoide, su gran dispersión por todo el mundo ha motivado una gran mezcla con otros componentes étnicos y raciales. Entre los judíos establecidos en Europa y el N. de África cabe distinguir dos grupos: sefardíes, en el área mediterránea, y askenazíes, en Europa central y oriental.

Historia

Pueblo elegido por Yahvé y protagonista principal de los textos bíblicos, los judíos, israelitas o hebreos, fieles siempre a su religión y a sus costumbres, acabaron dispersándose por todo el mundo y sufrieron continuas matanzas y persecuciones hasta que, a mediados del siglo XX, lograron constituir un estado, en Palestina, lo que provocó un grave y prolongado conflicto con los árabes de la región.

El término «judío» se aplicó, en un principio, a los miembros de la tribu de Judá; pero, como ésta acabó imponiéndose sobre todas las demás, dicho término acabó por designar a los componentes del pueblo elegido por Yahvé, el dios del Antiguo Testamento, que profesaban la religión judaica y poseían unas instituciones y unas tradiciones propias.

La historia de los judíos, narrada en sus orígenes, con no excesiva exactitud, por la Biblia, dio un giro importante en el año 70 de la era cristiana, cuando se produjo la diáspora (dispersión) de este pueblo y su desaparición como nación hasta 1948.

Orígenes

El patriarca Abraham, natural de Ur, a quien Dios ordenó que abandonara su tierra y se encaminara a Palestina, fue el punto de partida de la historia judía. Con la llegada de Jacob (Israel) y todo el pueblo hebreo a Egipto, los judíos comenzaron un largo período de asentamiento en tierras ajenas, que desembocó en un auténtico proceso de esclavitud, del que fueron salvados por Moisés.

Con Moisés, el pueblo elegido quedó organizado de acuerdo con las leyes y prescripciones emanadas de Yahvé, y se aproximó de nuevo a la tierra prometida, a donde llegaron encabezados por Josué, hacia el año 1200 a.C. Las doce tribus en que se dividía el pueblo hebreo se repartieron entonces el territorio ocupado y formaron una especie de confederación. Era la época de los jueces, especie de caudillos que liberaron a su pueblo de los enemigos vecinos. Entre ellos, los más famosos fueron Gedeón, Jefté y Sansón.

Con Samuel, sacerdote y juez, el pueblo hebreo recuperó la unidad e instauró un régimen monárquico al elegir a Saúl, en el 1040 a.C., como rey de los judíos. Posteriormente ocuparon el trono otras figuras célebres, como David y Salomón. A la muerte de este último, las diez tribus de la zona norte se segregaron y constituyeron el reino de Israel, que acabó siendo conquistado en el 722 por los asirios. La región del sur conformó el reino de Judá, ocupado por los babilonios en el 587. La cautividad de Babilonia, dura prueba de exilio, acrecentó la unidad del pueblo judío, alimentada por la aparición de una serie de profetas, como Elías, Isaías o Ezequiel, que hablaban de la llegada de un mesías libertador de los hebreos.

Después de la muerte de Nabucodonosor, sucedida en el 562 a.C., parte de los judíos quedaron en Babilonia, ocupando cargos políticos y comerciales, y otra parte regresó a su tierra o formó diversas colonias por oriente, como las de Elefantina y Alejandría, ambas en Egipto. En el 539 Judea pasó a ser una satrapía persa, pero conservó una actividad religiosa y cultural genuina. En el siglo IV fue ocupada por Alejandro Magno y luego formó parte del reino tolemaico. Diversas disputas territoriales acabaron por convertir el territorio hebreo en una región de Antioquía.

La fusión de elementos judíos y helénicos provocó una profunda crisis en el mundo judío, ya que la filosofía griega chocaba con la rígida moral basada en las leyes de Moisés. A su vez, los sirios dominantes iniciaron la persecución del judaísmo y ello provocó una fuerte reacción, que cristalizó con la rebelión de Judas Macabeo, perteneciente a los asmoneos. Así, en el 142 a.C. el pueblo judío logró independizarse y fue gobernado por figuras que eran mitad monarcas mitad sacerdotes, como Simón. En estos momentos, los israelitas se encontraban divididos en dos grupos: los fariseos o populares, que seguían una estricta observancia de la ley; y los saduceos, o clase sacerdotal y aristocrática. Ambas facciones se disputaban el poder y buscaban el acercamiento a Roma, máxima potencia que aspiraba a controlar el Mediterráneo.

Cuando Pompeyo ocupó Jerusalén, en el año 63, los hebreos pasaron a integrarse en los territorios de Roma, y Herodes el Grande aprovechó la situación para ocupar el trono de Palestina. Durante su gobierno nació Jesús de Nazaret, cuyos seguidores lo consideraron el mesías esperado; Jesús predicó una nueva doctrina que chocó con la tradición judaica y lo llevó a ser crucificado en tiempos del gobernador romano Poncio Pilatos.

Diáspora

El año 70 de la era cristiana marcó el fin de la antigua Judea. El templo de Jerusalén fue arrasado y el pueblo se dispersó; se inició así la diáspora y la religión se convirtió en el único medio capaz de cohesionar a todos los judíos.

En el siglo IV, con Constantino I, emperador convertido al cristianismo, Palestina vivió un período próspero, en el que se construyeron numerosos edificios eclesiásticos y llegaron miles de peregrinos a los santos lugares del cristianismo. El territorio judío se encontraba entonces repartido en dos provincias, Prima y Secunda, cuyas capitales respectivas eran Cesarea y Escitópolis.

Ocupada por los persas de Cosroes II a principios del siglo VII, Palestina fue recuperada poco después por el emperador bizantino Heraclio y acabó en manos musulmanas en el 636. La dinastía omeya inició en Palestina un proceso de islamización que fue continuado por abasíes, tuluníes y fatimíes.

En el 1100, los cruzados cristianos arrebataron Jerusalén al Islam durante breve tiempo, pues en 1187 fue recuperada por Saladino.

En los siglos XIV y XV, Palestina era parte del reino de los mamelucos y sufrió ataques de los pueblos mongoles, para luego caer en poder de los otomanos de Selim I. Durante la ocupación otomana, los judíos del cercano oriente sufrieron diversas persecuciones y guerras, hasta que en el siglo XIX empezaron a abrirse a las influencias europeas, sobre todo tras las campañas de Napoleón Bonaparte en la región.

Por su parte, los hebreos repartidos por el mundo conocieron desde fines de la edad media una época difícil. Al principio, las comunidades se multiplicaron por toda Europa sin ningún problema; pero, al cabo del tiempo, los recelos religiosos y las envidias provocadas por el enriquecimiento de los grupos judíos, obligados por la discriminación religiosa a dedicarse a labores comerciales y financieras, provocaron persecuciones y expulsiones en muchos países. En 1290 fueron expulsados de Inglaterra, de Francia en 1306, y de España y sus posesiones en 1492. Los judíos que abandonaron esta última nación, llamados sefarditas, se trasladaron a diversos puntos del Mediterráneo, donde conservaron su lengua castellana. Posteriormente, muchos de los judíos conversos o «marranos» que se habían quedado en España emigraron a Francia, Inglaterra y otros países europeos.

Los judíos centroeuropeos, conocidos como ashkenazis, extendieron sus comunidades por la Europa oriental y, después, por los Estados Unidos y los territorios de la Comunidad Británica de Naciones. Constituyen más del 80% de los judíos que viven en Israel y en el resto del mundo, y se diferencian de los sefarditas por su distinta pronunciación de la lengua hebrea, por utilizar un idioma propio, el yiddish, y por practicar ritos religiosos y costumbres diferentes.

Creación del Estado de Israel

En 1897 se organizó en Basilea un congreso mundial sionista, movimiento que pretendía la creación de un «hogar» propio para los judíos en el territorio de Palestina, dominado por los turcos otomanos. Esta idea volvió a manifestarse en el transcurso de la primera guerra mundial, cuando el Reino Unido ocupaba la región palestina y emitió la llamada declaración Balfour, que apoyaba las aspiraciones del sionismo. El movimiento sionista, inspirado en las tesis de Theodor Herzl, propugnaba la construcción de un estado judío en Palestina, donde ya muchos grupos hebreos habían empezado a establecerse.

En 1922 se consiguió de la Sociedad de Naciones que declarara a Palestina como mandato bajo la supervisión del Reino Unido. Los conflictos entre árabes y judíos comenzaron a proliferar y la violencia se extendió por la región. Antes y durante la II Guerra Mundial, el pueblo judío vivió uno de los momentos más trágicos de toda su historia: en la Alemania nazi y sus territorios ocupados, la fuerte corriente antisemítica y la exaltación de la raza aria provocaron un genocidio monstruoso. Seis millones de judíos, un tercio de la población hebrea del mundo, murieron en los campos de concentración del Tercer Reich.

Museo de la Historia de los Judíos Polacos (Muzeum Historii Żydów Polskich), en el distrito de Muranów, centro del antiguo barrio judío de la ciudad de Varsovia. La exposición ocupa más de 4000 m2 y consta de ocho galerías que documentan y celebran la historia milenaria de la comunidad judía en Polonia - la comunidad más grande en el mundo - que fue casi completamente exterminada durante el Holocausto.

Los árabes, recelosos del creciente poder de la población hebrea en Palestina, reafirmaron el carácter musulmán de los territorios en disputa y el asunto llegó por fin, tras la segunda guerra mundial, a las Naciones Unidas. Una comisión de este organismo recomendó la partición de Palestina en dos estados, uno árabe y el otro judío, y en noviembre de 1947 la propuesta fue aprobada por la Asamblea General. El 14 de mayo de 1948 se creó el Estado de Israel.

La fundación del país, tanto tiempo esperada por los judíos de la diáspora, provocó una serie de conflictos inmediatos con los vecinos países árabes, que invadieron Israel en 1948. Tropas israelíes participaron, junto con contingentes británicos y franceses, en la guerra de Suez contra Egipto en 1956. En 1967 volvió a estallar otro conflicto bélico, conocido como guerra de los seis días, en el que las tropas israelíes vencieron a las fuerzas egipcias, sirias y jordanas, por lo que pudieron ocupar, entre otros territorios, la península del Sinaí y la ciudad de Jerusalén.

En 1973 se repitieron las hostilidades árabe-israelíes y, en 1978, tras la intercesión del gobierno estadounidense, Egipto e Israel concluyeron unos acuerdos de paz que permitieron la paulatina retirada de los judíos de algunos territorios ocupados por la fuerza.

Posteriormente, los mayores problemas de Israel tuvieron su origen en la guerra del Líbano, en la animosidad de los cercanos países musulmanes, sobre todo Siria, y en la resistencia de los palestinos que vivían en los territorios ocupados, que, a pesar de la constitución en 1994 de la Autoridad Nacional Palestina en territorios de Gaza y Cisjordania, mantuvieron continuos enfrentamientos con el ejército de Israel, que se recrudecieron en el año 2000.

Por otro lado, los judíos ausentes de Israel han formado importantes comunidades en diversos países occidentales, y han logrado una gran influencia económica y política, en especial en los Estados Unidos.

Religión y leyes

Para el pueblo judío, cuyo culto gira en torno al dios único Jehová o Yahvé, la religión ha sido uno de los aspectos fundamentales de su cultura, sobre todo en tiempos de crisis, como persecuciones, expulsiones o cautiverio.

Importancia también de primer orden entre los hebreos ha tenido el acatamiento de la Torá, o ley revelada por Dios directamente a su pueblo. Estos mandamientos de la divinidad se refieren a todos los ámbitos de la vida (política, sociedad y cultura). Los judíos cuentan con una ley escrita, contenida en el Pentateuco -primeros cinco libros de la Biblia-, donde aparecen más de 600 prescripciones. Además, poseen una ley oral, transmitida por Yahvé a Moisés, principal legislador del mundo hebreo, y luego difundida de forma verbal de generación en generación. Sus principales intérpretes son los rabinos. La codificación de las enseñanzas rabínicas constituye la Mishná.

El otro pilar principal de la doctrina religiosa judía es el Talmud. Se trata de una recopilación de enseñanzas y comentarios del Pentateuco, escritos por diferentes autores entre los siglos II y VI de la era cristiana una vez destruido el templo de Jerusalén y provocada la diáspora. Su finalidad era mantener la unidad del pueblo judío a través de su religión común. Su importancia fue muy considerable, ya que explicaba la Torá, texto algo confuso y de difícil interpretación, y supuso la fijación definitiva de la ley oral. Además de una serie de principios normativos, comprende varias explicaciones de textos bíblicos y algunas narraciones. De él se han conocido dos versiones, una de Jerusalén y otra de Babilonia.

Arte

El descubrimiento más notable que han proporcionado fuentes documentales sobre el arte de los judíos es el realizado en 1932 en Dura Europos, junto al Éufrates. Allí aparecieron restos de una sinagoga reconstruida en el 245 d. de C. Sus muros están recubiertos de frescos que representan escenas bíblicas y que están realizados e inspirados sobre otros anteriores. Otro vestigio importante es el mosaico de la sinagoga de Beth Alfa (s. VI d. de C.) sobre los signos del Zodíaco. En escultura son interesantes los relieves de las catacumbas de Beth Shearim, cerca de Haifa, donde se hallaban enterrados miembros del sanedrín. Con el triunfo de la iconoclastia de Bizancio y del islam, el arte judío quedó en eclipse durante un largo período. Se conservan numerosos manuscritos con rica ornamentación. Entre los códices ilustrados, los más famosos son los Hagadoth o rituales de la noche de Pascua. Se conocen nombres de artesanos judíos del s. XVI y sobre todo del XVII y XVIII, en que se afirmó el valor de la artesanía judía. A mediados del XIX empiezan a destacar artistas de importancia. Su número crece al avanzar el siglo y abundan los nombres de artistas de primer orden (C. Pissarro, M. Liebermann, J. Israëls, A. Modigliani). El s. XX marca un resurgimiento del genio judío (M. Chagall, M. Kisling, J. Herman, M. Weber). La creación en 1947 del Estado de Israel favoreció un verdadero renacimiento en todos los aspectos artísticos del pueblo judío.

Filosofía

En sentido estricto, la filosofía de la religión judía se ocupa de interpretar y justificar las cuestiones metafísicas planteadas por la ley mosaica; en un sentido más amplio, abarca la producción filosófica de pensadores de origen judío. Como es peculiar en el pensamiento oriental, la filosofía judía está impregnada de contenidos religiosos que se entrecruzan con los filosóficos. Así, en Filón de Alejandría aparece la insistencia en el trascendentalismo divino, también característico de la doctrina de la cábala. En sus orígenes se observa el intento de conciliación de la teología judía con la filosofía griega, dando lugar a un sistema en que se combinan elementos platónicos (teoría de las Ideas), estoicos (doctrina del logos) y del pensamiento oriental (seres intermediarios entre Dios y el mundo). Desde esta perspectiva, y en lo que podríamos llamar el período «clásico» del pensamiento judío, cabe destacar al filósofo judeoespañol Selomo ben Yehuda ibn Gabirol, Avicebrón para los escolásticos, defensor de la doctrina emanacionista de raíz neoplatónica. Por otro lado, la influencia del aristotelismo es patente en Maimónides, quien intentó dar una base racional a la teología, anticipándose a la mayoría de las pruebas sobre la existencia de Dios utilizadas por Tomás de Aquino. Aunque diversos historiadores de la filosofía hayan puesto el énfasis en los pensadores judíos medievales por sus vinculaciones con la filosofía árabe y cristiana, el pensamiento judío abarca un período histórico más amplio y en el que cabría señalar tres momentos. El primero, que corresponde a la Antigüedad, se halla relacionado con la religión bíblica, la especulación talmúdica y la filosofía helenisticojudaica; los problemas filosóficos aparecen como consecuencia de las cuestiones religiosas (algo similar a lo ocurrido con la patrística en los orígenes del cristianismo); Filón de Alejandría es el filósofo más representativo de este período. El segundo corresponde a la Edad Media, y está marcado por los problemas referidos a la relación entre la Ley y su interpretación filosófica. Se pueden delimitar aquí las orientaciones entre la corriente neoplatónica y la aristotélica. Por orden cronológico sobresalen: Isaac Israeli, Saadía, Jesuá ben Judá, Gabirol, Abenpakuda, Yehudaha-Leví, ibn ‘Ezra, Leví ben Gerson, Hasdai Crescas y Josep Albó. El tercer momento corresponde a la edad moderna, y en él se distinguen no sólo pensadores judíos, sino también aquellos que tratan los problemas filosóficos del judaísmo: B. Spinoza, M. Mendelssohn, S. Formstecher, M. Lazarus, S. Hirsch, H. Cohen. En la filosofía judía contemporánea destacan K. Rosenzweig y M. Buber.

«Judío Errante

Literatura. Personaje legendario, condenado a la inmortalidad y al movimiento sin descanso, y que, según cuenta la tradición, no posee nunca más de cinco monedas de cobre de que disponer a la vez, pero que encuentra siempre esta mezquina suma en su bolsillo. La leyenda del Judío Errante no se halla en los Evangelios apócrifos, ni en los escritos de los Padres de la Iglesia. Sospechan muchos que se formó en Constantinopla en el siglo IV, época del descubrimiento de la verdadera cruz. De ella se conocen dos versiones principales: la de Oriente, citada en el siglo XIII por Mateo de París, monje de San Albano, que llama al Judío Errante Cartaphilus y le hace portero de Poncio Pilatos; y la de Occidente, más antigua en Europa que la primera, que le da el nombre de Ahseverus y dice que éste ejercía el oficio de zapatero en Jerusalén. Cuéntase, según esta última, que cuando Jesús, llevando sobre sus hombros el madero de la cruz, pasó por delante del taller de Ahseverus, los soldados que conducían a la víctima al Calvario, movidos a piedad, rogaron al artesano que lo dejara descansar algunos instantes en el zaguán de su casa. Ahseverus o Ahsevero no accedió a su súplica, y dirigiéndose a Jesús le [251] dijo: «¡Anda!» «También tú andarás,» le respondió con dulzura el sublime mártir; «recorrerás toda la Tierra hasta la consumación de los siglos, y cuando tu planta fatigada quiera detenerse, esa terrible palabra que has pronunciado te obligará a ponerte en marcha de nuevo.» Desde el día siguiente, Ahseverus, movido por una fuerza sobrenatural, debió, para cumplir el decreto divino, comenzar su interminable viaje. «Jamás se le ha visto reírse,» dice un escritor de 1618, y agrega: «Hay muchas personas de calidad que le han visto en Inglaterra, Francia, Alemania, Hungría, Persia, Suecia, Dinamarca, Escocia y otras comarcas, como también en Rostock, en Weimar, en Dantzig y en Koenigsberg. En el año 1575, dos embajadores de Holstein le vieron en Madrid; en 1599 se encontraba en Viena, y en 1601 en Lubeck. En el año 1616 se le vio en Livonia, en Cracovia y en Moscú, y muchas de las personas que le vieron llegaron a hablar con él. De una antiquísima canción popular del Brabante da al Judío Errante el nombre de Isaac Laqueden. Además de este trozo de poesía, que no brilla por la belleza de su forma ni por la corrección de su estilo, la citada leyenda ha inspirado multitud de obras en diversos países. Goethe, en su juventud (1774), pensó tomar la leyenda del judío Errante por asunto de una epopeya. En sus Memorias da a conocer el plan de este proyectado poema, diciendo: «Quería servirme de la leyenda como de un hilo conductor para representar el desarrollo progresivo de la religión y de las revoluciones de la Iglesia.» Otro célebre poeta alemán, Schubert, ha dejado un fragmento lírico relativo al eterno peregrino. Francia, además del Ahseverus de M. E. Avinet, que hace del Judío Errante la personificación el género humano después del advenimiento de Jesús, cuenta en su literatura la novela de Eugenio Sué, intitulada El Judío Errante, que es una obra de combate contra los Jesuitas, y una bellísima canción de Beranger, que se ha traducido al castellano. El Judío Errante es, con toda evidencia, el símbolo del pueblo judío desde el sacrificio del Calvario.»

Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano Tomo 11


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